20 jun. 2017

Aquí el que no ficha es porque no puede

Llevo un tiempo queriendo buscar un rato para esta entrada. Ya aviso que en estas últimas semanas ni he "tocado" ni me han "tocado" (que yo sepa), así que no va la cosa en clave personal, que luego váis dicendo por ahí que si soy un mal perdedor porque escribo aquí lo que pienso y no os gusta.

Bueno, pues aviso de que esta tampoco os va a gustar. De hecho, no me va a gustar ni a mí mismo porque me salpica como a prácticamente todo el mundo. Porque sí, porque aquí el que no ficha es porque no puede, dejémonos de mamandurrias.

Precisamente esta semana me he topado con un artículo que habla de eso: 
Gipuzkoa prohibirá que los niños hagan deporte en clubes de fuera de su municipio
El límite territorial para hacer deporte será la localidad de residencia o del centro de estudios y, en ciudades de más de 50.000 habitantes, el ámbito podrá ser inferior al municipal
La nueva orden foral de deporte escolar de Gipuzkoa impedirá que los niños de hasta 14 años puedan inscribirse en clubes de fuera de su municipio o centro de estudios cuando pueda disputar la disciplina deportiva en cuestión en su localidad. En caso de que no exista esa opción, en principio deberá inscribirse en un club de una localidad colindante. El objetivo de la norma es poner fin a la política de fichajes en edades tempranas que practican algunas entidades del territorio.
Es un tema muy viejo, pero que hoy me gustaría enfocar desde una perspectiva diferente. Normalmente este tema la mayoría de entrenadores solemos enfocarlo desde el punto de vista de "estoy harto de formar jugadores y que luego llegue el grande de turno y se los lleve". En el caso de Murcia, al haber un equipo ACB el "grande" suele el club ACB. Pero ojo, también están las clases y subclases, el semigrande frente al pequeño, que no es todo blanco o negro.

Sin embargo, a veces, esos que se quejan (o nos quejamos) de que pase esto tenemos la ocasión de fichar a alguien. Alguien que se pone a tiro por el motivo que sea: porque conocemos a los padres, porque tenemos una buena promoción que bien podría ser ganadora, porque coincidimos en un campus, etc. No pasa mucho, pero pasa.

Y ahora la gran cuestión: Que levante la mano de entre los presentes quien haya podido fichar a un/a jugador/a realmente interesante (en lo deportivo, humano, entorno familiar...) y que el equipo tuviera hueco y no se le haya fichado.


No, no conozco el caso. Que oiga, puede que haya pasado. Yo no lo he visto nunca.

Todos (permítanme generalizar y usar "todos" cuando debería decir "una gran mayoría de nosotros") preferimos tener un buen equipo a un mal equipo, entrenar a buenos/as jugadores/as a no tan buenos/as, ganar a perder (aunque hasta seamos capaces de aceptar el precio formativo de perder partidos para formar). Y, oíga, siempre hay una buena excusa: "es que se me ofreció el padre", "es que le viene mejor por distancias". Vamos, como diría José Mota: "se ve que ella se ofreció y el se vió obligado".

Hay clubes que cuentan con un gran atractivo de marca y eso por sí mismo es un factor atractor. Bien por la marca en sí, bien porque hay un referente de élite, bien porque en el trabajo el padre farda más al decir que el peque juega en ese equipo que en otro. Pero también en muchos casos porque piensa que ahí tendrá más oportunidades de trabajar bien. Ojo, que este tema es complicado y largo de lidiar.

¿Cómo puede saber alguien, especialmente sin ser alguien del mundillo, que en el club X se trabaja mejor? ¿Qué es trabajar mejor?. Trabajar mejor ¿es ganar más partidos? ¿que salgan jugadores para la élite? ¿Que se diviertan más?. Uff, pues no es complicado ni nada valorar eso. Cuando se tiene la mejor materia prima y se gana ¿se gana por la materia prima o por el trabajo del entrenador/a? (no entraemos ahí, que es lo de la gallina y el huevo).

Desde el punto de vista más estrictamente deportivo también es un poco la pescadilla que se come la cola. Al menos en Murcia, donde hay muy pocas licencias. Por un lado, está el argumento de que si un club ficha todo lo bueno que hay y deja a los demás sin nada también se mata la competencia y luego el fin de semana no compite porque los demás no tienen con qué competirle. Por el otro lado, está la visión de que si hay alguien con calidad en un equipo no muy fuerte y/o el entrenador de turno resultara no ser tan bueno como se supone que debiera ser, ese talento no se desarrolla. Otra vez argumento en bucle.

También ocurre que hay casos en los que ocurre más a menudo que en otros el hecho de que "le fichen" jugadores. Si la cosa ocurre demasiado a menudo habría que analizar si hay algún motivo que lo justifique. Podría ocurrir que quizá la percepción que tienen algunos padres, y no sé si en edades tempranas pueden tener esa percepción también los jugadores/as, es la de que no se trabaja bien. Tengo dudas, como dije antes, de que los padres puedan valorar eso salvo que sea casos muy sangrantes. A veces es tan sencillo como que se trate de una localidad cercana a la capital, pero no muy grande, lo que propicia que no abunden las promociones de talento natural y, en cuanto aparece alguien que despunta un poquito en un equipo no muy potente es muy propicio dar el salto al equipo grande de la capital, con lo que el del pueblecito pierde sus opciones de despuntar y el grande de la ciudad poco menos que le caen del cielo. ¿Debe haber algún juicio moral en todo esto?. Pues no sé, la verdad.

En otras ocasiones ocurre que un club que en principio no es grande consigue fichar, al menos en torno a una generación determinada. Suele ser en muchos casos el efecto "caballo ganador". Una buena promoción con opciones de ganar (ganar la F4 de Murcia, o meterse en ella, es lo que aquí suele considerarse "ganar") siempre es una buena golosina a la hora de atraer talento si se sabe vender bien. Que sí, que todos queremos ganar, no sólo los entrenadores, niños y padres también. Luego ya están en cada cual cómo cree oportuno hacerlo. Esos equipos normalmente también fichan, siempre hay hueco para algo más de talento. Y sí, posiblemente se trate de las mismas personas que hace unos años se quejaban de que les "fichaban" a los/as buenos/as, y tal vez en unos años volverán a quejarse de lo mismo cuando ya no tengan ese factor atractor.

Yo también caí alguna vez en la tentación, ya sea por la soberbia de pensar que "¿dónde van a trabajar mejor que aquí?. Allí le van a estropear" o por lo que sea, pero sí, yo también lo he intentado alguna vez. Y no, no logré fichar.

¿Arreglaría el problema una norma como la comentada de Gipuzkoa al principio?. Yo creo que no, pero tampoco me atrevo ser muy tajante porque no lo tengo claro del todo. Tenía clarísimo que era poco menos que una obviedad universal que no se debe hacer defensas zonales antes de cadete y me llovieron unas cuantas cuando lo dije.

En definitiva, y no me enrollo más. No seamos hipócritas. Aquí el que no ficha es por que no puede.

 

7 jun. 2017

La conferencia de Jaume Ponsarnau que inspiró el Curso de Alto Rendimiento en Baloncesto

Jaume Ponsarnau será el primer entrenador que participe por tercera vez en el Curso Internacional de Alto Rendimiento en Baloncesto, del que soy co-director. Este hecho no es para nada casual pues para este curso Jaume es alguien muy especial, y para explicar el motivo les contaré una anécdota de hace ya algunos años.

Corría el año 2010, en el Curso de Entrenador Superior que se desarrollaba en San Sebastián. 30 de julio, último día de clases en el curso tras dos semanas agotadoras y desbordantes de información, estímulos de todo tipo y muchas horas de trabajo y estudio robadas al sueño.

Agotado, como todos, intento concentrarme en la que era una de las últimas charlas del curso, con todo lo que eso implica a nivel emocional. El conferenciante era Jaume Ponsarnau. Pero la cabeza no reacciona, el cuerpo no responde, consigo apenas prestar atención a ráfagas, si bien lo suficiente para constatar que estoy ante un grandísimo conferenciante que está impartiendo una charla maravillosa a la que no soy capaz de prestar la atención que merecería.

En un momento dado me digo a mí mismo “qué lástima no poder disfrutar de una charla así de buena en un contexto más relajado, descansado e informal para poder disfrutarla y empaparme de lo que dice como merecería”. Pasan los minutos en esa línea y casi al final de la charla me vuelve la misma idea a la cabeza, pero en este caso con la respuesta al problema: Los Cursos Unimar de la UMU (los cursos de verano), en los que en algún caso ya había tenido ocasión de colaborar un poco en la organización hace años, y además en una localidad costera como Águilas.

Ahí quedó la idea, dormida, latente, durante varios meses. El azar, como en muchas facetas de la vida, termina por aliarse para que las cosas ocurran. Un teléfono sin batería, una llamada desde teléfono prestado, una llamada perdida, una devolución de llamada a un número desconocido, aclaración de la situación y un “por cierto, hay un tema que no tiene nada que ver con esto que me gustaría comentarte un día”. Mi interlocutor insiste en tratar el tema que sea ese mismo día. Y ahí nos tienes a mí y a José Margineda, por entonces decano de la Facultad de Ciencias del Deporte de la Universidad de Murcia, tomando un café y hablando de la posibilidad de montar un curso de verano sobre baloncesto.

No tenía claro en ese momento por dónde enfocar esa idea seminal de curso, pero sí tenía clara una cosa: el curso se haría con Jaume Ponsarnau o no se haría... y sí, se hizo.

Enlaces relacionados:


5 jun. 2017

Principios, valores e ideas en baloncesto

Si me das a elegir
Entre tú y mis ideas
Que yo sin ellas
Soy un hombre perdido
Si me das a elegir, ay amor

Me quedo contigo
(Los Chunguitos)

Empiezo este texto pidiendo disculpas. Disculpas porque es posible que haya quien se dé por aludido y sienta que le falto el respeto. Desde ya digo que no es mi intención faltar al respeto, pero sí entiendo que hablar de mis principios en cuestión de baloncesto implica hablar de lo que considero que está bien y está mal, y eso no siempre coincide con el  pensamiento de otras personas. Asumo ese riesgo, pero quede claro que de lo que quiero es hablar de mis principios. “¿Y por qué no te callas entonces?” Podrá decir alguien. Pues porque eso no lo contemplo en mis principios y valores, en tanto en cuanto considero un acto de justicia, un valor clave, el defender éstos públicamente y hacer proselitismo de ellos.

Los principios son reglas o normas que orientan la acción de un ser humano, de carácter general y universal, inmutables en el tiempo, tales como amar al prójimo, justicia, integridad, procurar hacer el bien, etc. Son, por tanto, el conjunto de reglas de comportamiento con la que diriges tu vida. Así, por  ejemplo, un político corrupto no tiene principios porque no respeta el bien común.

En cuanto a los valores son el reflejo de nuestro comportamiento basado en los principios. Son conductas o normas que se consideran deseables que nos permiten orientar nuestro comportamiento en función de realizarnos como personas. Son características o cualidades de una persona como respeto, equidad, tolerancia, solidaridad, compromiso, honestidad, lealtad, etc.

No pretendo tampoco sacar pecho y colgarme la medalla de santo. No, soy débil, a veces sucumbo a tentaciones, me equivoco e incluso tendré valores que para otras personas no serán más que antivalores. Lo paso mal cuando tengo que tomar decisiones en las que entran en conflicto objetivos con valores, o incluso valores entre sí. Imagino que nada nuevo bajo el sol.

Aplicado al baloncesto, alguna de las máximas que yo pretendo como entrenador de baloncesto, aunque a veces meto la pata, son cuestiones como:

Hacer lo correcto siempre, independientemente de lo que haga el rival. Es decir, no vale el razonamiento de que como el rival hace algo que considero incorrecto yo me siento autorizado también a hacerlo. Ejemplos cotidianos: no cambiar un horario de partido porque a mí este club no me lo cambió, hacerles determinada defensa o ataque que consideramos incorrecto porque ellos a mí me hicieron tal cosa…

Como si pudieran llegar a élite. Si hablamos de baloncesto de formación, formarles lo mejor que yo sea capaz, desde el punto de vista de que, a poco que la realidad no me lo desmienta fehacientemente, hay que trabajar como si realmente tuvieran un talento latente que les pudiera permitir llegar a jugar en élite. Es decir, formar pensando que tenemos que orientar el trabajo para que en un largo plazo hayan desarrollado TODO el talento que pudieran tener dentro.

No valen los atajos, el saltarse etapas de la formación para lograr otros objetivos menos ambiciosos o cortoplacistas (ganar partidos como sea, vamos). Hay que trabajar el corto plazo (potenciar las fortalezas) pero sobre todo el largo plazo (insistir en mejorar las debilidades, mano débil, variedad de recursos de técnica individual, persistir, persistir...), centrarse en la defensa individual antes de saltar a la colectiva, etc. Por ejemplo, yo soy muy pesado en el trabajo técnico con la bilateralidad y con ofrecer un amplio abanico de recursos técnicos en finalizaciones o manejo de balón. Es decir, en mis equipos empleo muchas horas de entrenamiento en usar la mano débil con el objetivo de que cada vez sea menos merecedora de ese adjetivo, de forma que los ejercicios específicos de finalizaciones intento que como mínimo el 50% de las repeticiones sean por lado de mano débil... usando mano débil (si por lado de mano débil se usa mano dominante tenemos casi las mismas). Ese tipo de trabajo tarda mucho tiempo en cuajar, y por supuesto, es complicado que se manifiesten resultados ya en la próxima “final” de la temporada en curso. Evidentemente, el tiempo que dedicamos a trabajar la bilateralidad no lo podemos dedicar a otra cosa. Creo que hay que hacer ese trabajo diario aunque la primera canasta con mano izquierda la metan cuando tú ya ni siquiera estés entrenando en el club.

En formación el baloncesto debe ser divertido. Aquí complicamos un poquito (solo un poquito) la cosa si nos remitimos firmemente a las dos ideas anteriores, aunque para nada es imposible compaginarlo. Lograr ciertos gestos técnicos en ocasiones implica cierto trabajo repetitivo o machacón que a ratos puede ser menos divertidos que otros pero que son necesarios adquirir determinadas habilidades básicas que no siempre se pueden trabajar de un modo global. Saltárselos en aras de la diversión pura tampoco es el camino. Hay que buscar camuflar lo mejor posible ese trabajo más áspero y buscar el equilibrio para que resulte divertido, pero también gratificante, pues pocas cosas hay más gratificantes para un jugador que constatar la propia mejoría.


No vale todo para ganar, si tenemos las anteriores máximas como entrenadores, no podemos hacer excepciones, y esa quizá es la parte más complicada para todos de cumplir, yo el primero. Si, por ejemplo, consideramos que no está bien defender en zona en los primeros años de formación pero tenemos como objetivo personal o deportivo del año “ganar la final”, si excepcionalmente nos saltamos esos valores y principios para lograr ese objetivo estaremos transmitiendo a nuestros/as jugadores/as, padres, público, etc. que en realidad es todo postureo y que “ganar” es realmente lo único importante, pues estarás diciendo que sí, que está bien hacer todo eso que consideramos correcto, pero sólo cuando no haya nada importante en juego. Vamos, que en realidad no es importante. Y una vez sentado el precendente ¿dónde está el límite de lo importante?. ¿La final regional es importante?, ¿la de junior?, ¿la infantil? ¿en benjamín lo es? ¿el partido que daría el liderato en la clasificación es importante?, ¿el partido que te metería en play off es importante?, ¿el partido que levantaría la moral del equipo y cambiaría la dinámica es importante?.


Las defensas zonales en formación


Considero que la defensa zonal es un recurso válido, que hay que introducir poco a poco a partir de cierta edad (creo que normalmente en cadete de primer año puede ser buen momento, pero dependiendo del nivel del grupo se podría incluso retrasar un poco si tuvieran carencias técnicas más urgentes que atender).

Aún aceptando un margen de tiempo al respecto del momento idóneo de introducción, considero que en ningún caso, en ninguno, sin excepción, se debe hacer zona antes de cadete. No, en la "final" tampoco.

Se ha escrito y hablado hasta la saciedad al respecto de los motivos a favor o en contra de introducir la zona en edades tempradas. Se puede cuestionar los fundamentos de dicha crítica a la zona como incluso en este blog hicimos, abriendo la cuestión a la posibilidad de que tengamos en el banquillo en cuestión a un estudioso del tema que lleva décadas investigando sobre la metodología del baloncesto y seamos nosotros los pardillos fundamentalistas con pancartas antizona.

¿Pero porqué está mal una zona en edades tempranas?


Simplificando mucho y dicho de modo muy resumido, una defensa zonal implica dominar conceptos del juego básicos como ocupación de espacios, pase, juego colectivo, etc. En principio, parece que obligar a trabajar esos conceptos es algo bueno ¿no?. Sí cierto, aunque hay un detalle importante que tira por tierra ese argumento, pues hay un recurso IMPRESCINDIBLE para un correcto ataque a zona: combinar amenaza interior con amenaza exterior. Si no se tiene eso es poco menos que imposible atacar una zona en cualquier edad y categoría del baloncesto. Creo que ya nos vamos entendiendo ¿no?. Un niño, y  más aún una niña, menor de 14 años, es muy muy raro el caso en el que llegue al aro lanzando desde 6,75 m. e incluso menos. Me refiero a llegar, de meter ya ni hablamos, y mucho menos aún de hacerlo usando una mecánica de tiro adecuada que le permita una progresión técnica correcta en el futuro.

Todos los entrenadores sabemos que en edades tempranas la amenaza exterior real es mínima (no es nula, pero sí mínima). A poco que se consiga neutralizar la amenaza interior colocando toda la defensa muy cerca del aro, casi únicamente se le brinda al rival la opción del lanzamiento exterior. Por muy bien que se ocupen espacios, se pase el balón y se liberen tiros exteriores para obligar a la defensa a abrirse para impedir tiros, estos tiros exteriores liberados no son una amenaza creíble y, por tanto, si nadie sale a evitar el posible tiro no hay modo de meter el balón cerca del aro con un mínimo de espacio libre con el que jugar. Evidentemente, no hay que saber mucho de baloncesto para entender que en una situación así una defensa de este tipo tiene una ventaja competitiva grande, basándose únicamente en explotar las carencias físicas del rival propias de la edad. Además, se trata de una defensa que no busca atacar el ataque para provocar el fallo sino que se limita a esperar el fallo atrincherándose junto al aro.

Habrá a quien esto le parezca bien, a mí no me lo parece nada, y me creo en la obligación de decirlo públicamente.

Hay clubes cuya filosofía al respecto, especialmente en baloncesto femenino, contempla la defensa zonal como la herramienta fundamental de la defensa en baloncesto, y en sus equipos seniors es la que usan habitualmente. En estos clubes se suele hacer una introducción temprana de la zona en sus equipos de formación, siempre de forma planificada, pero aún así pocas veces se la ves hacer ya en infantil. En estos casos el uso de la zona responde a una filosofía deportiva que considero lícita, si bien no comparto, básicamente porque a mí personalmente me parece lo más aburrido del mundo ver a dos equipos defenderse mutuamente en zona. Pero ojo, eso es meramente una opinión personal relacionada con la estética del baloncesto, que no deja de ser algo que considero muy importante.

En el baloncesto en general, y muy especialmente en categorías de formación, creo que con las variables que sea y adaptado a la edad, el principio defensivo fundamental debe ser el buscar forzar el fallo al rival a través de una difensa muy intensa y valiente en toda la pista, que propice un ritmo rápido de juego.

Si es legal ¿porqué no hacerlo?


No tiene nada que ver lo legal con lo que esté bien o mal. Si algo no es legal no se puede hacer, pero el mero hecho de que esté permitido no me obliga a hacerlo, porque en la vida no hay que atender sólo a las leyes y normas, también a los principios y valores, que entiendo que han de estar en un plano incluso superior a éstas.

Un ejemplo claro para entender la diferencia entre lo legal y correcto. Según el reglamento si un jugador se lesiona en una acción de ataque y queda en el suelo mientras el otro equipo realiza contraataque los árbitros no pararán el juego hasta que finalice éste. Por lo tanto si es un jugador del otro equipo el que se lesiona y salimos al contraataque deberemos terminarlo y meter canasta porque la normativa del baloncesto lo permite ¿no?. Pues no, no es correcto. ¿Y si no nos damos cuenta de la lesión y metemos la canasta?. Pues también tiene solución, como en el ejemplo del video que les dejo, del último Campeonato de España de clubes: partido entre Estudiantes y Rivas, jugadora de Rivas se lesiona, Estudiantes no se percata y anota contraataque, Estudiantes se deja anotar la siguiente canasta para volver a la diferencia de puntos que había antes de la lesión.  "Pues a mí me parece correcto anotar contraataque y seguir jugando", me dirán. Bueno, entonces no compartimos la forma de entender el baloncesto y la vida. Más de una vez mi equipo ha corrido ese contraataque, pues yo pido a las jugadoras que si no está claro que hay lesión sigan (no parar los contraaques por un simple resbalón de una rival), pero si está claro que la hay se debe parar. Ahora, gracias a este ejemplo de deportividad, tengo claro también lo que hay que hacer si además se ha anotado canasta.



 

La educación


Un principio básico es que el baloncesto es educativo. La cuestión es si eso debe limitarse a la pista o ir más allá. Si se detectan problemas educativos que vienen de fuera ¿hay que meterse?. Yo creo que sí, aunque eso normalmente significa salir trasquilado en algún embite, pues muy probablemente nos estaremos metiendo a intentar cambiar algo que en casa no se ha querido cambiar por el motivo que sea, cuando no ocurra incluso por una diferente percepción en los valores entre padres y entrenador.

No será la primera vez que un entrenador afea una conducta extradeportiva a un jugador y obtiene como respuesta de padres o directiva el que no debía meterse ahí porque o no es asunto suyo o no está pasando nada malo.

Creo que no hay que mirar para otro lado cuando se detectan problemas de este tipo. Si se produce un caso de posible acoso ¿hay que intervenir? ¿es cosa de niños?. Si no se meten los padres ¿porqué he de hacerlo yo?. Es complicado, pero creo que forma parte de nuestro trabajo.

Sobre aspectos relacionados con la educación de jugadores y padres ya hablé en otra entrada, no voy a profundizar más ahora.

El reparto de minutos


Uno de los temas que más quebraderos de cabeza me trae, supongo que como a todo entrenador que se precie, es mi propia batalla interna a la hora de que se imponga el principio de justicia en este tema, uno de los más cuestionados de siempre y para siempre entre jugadores, padres y afición y que jamás se resuelve por aclamación.

A mis jugadores/as a principio de cada temporada les explico que aún pudiéndome equivocar siempre intento ser equitativo, que no democrático, en el reparto de los minutos, un concepto fácil de explicar pero complicado de aplicar. Hablamos de equidad al referirnos a la “disposición del ánimo que mueve a dar a cada uno lo que merece” y claro ¿qué merece cada uno?. Digamos que es una compleja fórmula no expresa que tiene en cuenta todos estos factores combinados:

  • Franja de edad en la que nos movemos, de forma que a menor edad hay mayor componente democrática/igualitaria en el reparto y ésta se reduce al ir subiendo categorías.
  • Esfuerzo físico en los entrenos diarios y partidos.
  • Esfuerzo mental. Normalmente es el mismo jugador o grupo de jugadores quienes no se han enterado de cómo funciona el ejercicio de turno o su rotación. Incluso hay quien llega a fin de temporada y no se sabe las dos únicas microjugadas de un pase o dos que lleva el equipo. Si hay esfuerzo físico pero no se presta atención a qué hay que hacer el entrenador se verá poco motivado a dar minutos a esa persona.
  • Compromiso. Hablo básicamente del tema asistencia a los entrenos e incluso a partidos y lo razonable de los motivos para ausenstarse. No es lo mismo no venir sin explicación alguna, que por “tener que estudiar”, que por tener una actividad fija o logística que imposibilita venir determinado día de la semana. Caso real, y frecuente: viernes festivo, mensaje de lunes un rato antes del entrenamiento: "no puedo entrenar porque tengo examen mañana".
  • Mejoría experimentada. Está claro que suele ser fruto de la combinación de los factores anteriores, y merece ser premiada con minutos.
  • Potencial real o capacidad de aportar en partido. Este es un tema delicado y ante el que los entrenadores tenemos que estar muy alerta, pues es muy grande el riesgo de primar en demasía este factor y “premiar” a gente con talento innato que no se esfuerza lo que debería, con el agravio comparativo importante respecto a quienes se matan a trabajar a diario pero no tienen ese potencial innato. Es decir, "el bueno" no debería jugar más que los demás sólo por ser "el bueno", pero sí es cierto que el "sumar" en pista también hay que valorarlo como un factor más.
  • Objetivos y posibilidades deportivas. Ojo, nosotros también queremos ganar, y el reparto de minutos es una herramienta importante para ello. Aunque los reglamentos pasarela ya imponen unos mínimos y máximos de minutos en edades tempranas sigue habiendo margen para que el entrenador estire o recorte minutos en función del objetivo cortoplacista de ganar. A este respecto considero que la pasarela tiene sus pros y contras. El pro es que nos obliga a todos a que todos los jugadores jueguen un mínimo y un máximo y no se llegue al extremo en casos de reparto de minutos injustos (juega todo el mundo un mínimo y no se exprime al límite al “bueno” del equipo). Sin enbargo, a veces tiene como efecto indeseado que casos extremos “por abajo” (en cuanto a actitud y aptitud) se acomoden a jugar el mínimo que dicta la pasarela pese a no estar en los “mínimos” razonablemente exigibles de cumplimiento de los criterios apuntados más arriba. Creo interesante poder repartir más "democráticamente" de la cuenta en determinados momentos para que, llegado un momento de final de temporada, ya sin pasarela o ya sin asignación “gratuita” de minutos, pueda ocurrir que haya jugadores/as concretos que se queden con muy pocos minutos jugados o incluso sin jugar en algún caso concreto. Ello acarrea la consiguiente incomprensión de jugador/a y padre correspondiente, que en ese momento no recuerda los partidos en que el jugador/a ahora damnificado jugó tanto como los “buenos” o incluso más, ni cuando no vino a entrenar porque tenía que estudiar un lunes tras tres festivos, o cuando ni vino ni avisó, o las veces que se le regañó por no prestar atención o no esforzarse lo mínimo, etc.

Querer ganar es lícito, querer únicamente divertirse también

En definitiva, y volviendo a la parte más filosófica de este texto. Se puede tener otros principios u objetivos baloncestísticos diferentes a los míos, que no comparto, pero que puedo entender perfectamente.

Pongamos un caso hipotético, que no tiene porqué ser real o reflejar a ningún entrenador o club concreto ni hacerlo de forma plena en su caso. Un modelo muy diferente a partir de simplemente cambiar uno, y solo uno, de los puntos de vista básicos de partida que yo tengo.

Supongamos como punto de partida la premisa “aquí nadie va a llegar a élite”. Esa simple idea lo cambia todo. Veamos. Si el objetivo no es trabajar como si se pudiera llegar a élite el objetivo pasa a ser básicamente la diversión a corto plazo, y no hay nada más divertido en baloncesto como el competir… y ganar.

Si el desarrollo máximo de las potencialidades deportivas del jugador no es un principio fundamental tenemos más variables con las que orientar más hacia la diversión. Se puede suprimir o recortar cierto trabajo que es complicado de realizar lo adornes como lo adornes y enfocar el trabajo de otro modo.  Ese tiempo gastado en eso tan desagradable como la técnica individual pura dirigida analíticamente, que además suele ser menos divertido que abrir el abanico a la libertad del jugador, se puede gastar en focalizar en unos pocos recursos básicos y ganar tiempo para más juego colectivo (que es más divertido que el trabajo individual) y juegos competitivos de índole diversa, relajando el grado de exigencia y de posibles tensiones en el grupo por exceso de exigencia del entrenador, incrementando la diversión a corto plazo. Eso permite tener más eficacia a corto plazo en las pocas habilidades trabajadas (reforzar lo que se domina vs trabajar lo que no tanto). Si se añade el componente de defensa zonal como herramienta puntual, o habitual según necesidad, etc. podemos perfectamente lograr un objetivo totalmente loable como que nuestros jugadores sean los que más se diviertan. El precio a pagar existe, pero quizá es perfectamente asumible, pues que en edad senior el jugador en cuestión llegue, por decir algo, con el 70% de su potencial en lugar de con el 100% no será especialmente importante pues a la inmensa mayoría le importará poco ese 30% que no se desarrolló (insisto en que pongo esas cifras por poner algo), ni siquiera al jugador si durante esos años se divirtió entrenando y jugando por debajo de sus posibilidades. ¿A quién demonios le importa eso?.

Además ese factor se tiende a corregir fichando, pues un equipo en el que los jugadores se divierten y además ganan es claro caballo ganador y atractor de jugadores, y obviamente si el club tiene posibilidad de fichar fichará, y fichará lo mejor que se le ponga a tiro, con lo que de ese modo se mejora el nivel medio del equipo y tendrá aún más opciones de ganar aún trabajando en ese supuesto 70% máximo de capacidad. El tema de los fichajes da para una próxima entrada en exclusiva.

En definitiva, posiblemente yo sea el que no está cuerdo, pero sigo unos principios y valores, aunque a veces dudo si la tentación del momento me ha llevado a sobrepasar alguno de mis propios límites. Intento estar alerta y espero que esas alertas me avisen de si ha llegado el momento de hacerse a un lado antes que empezar a saltármelos de forma consciente, pues eso sí que habría sido un fracaso.

Como hemos visto, la naturaleza humana es compleja, y ni siquiera tener unos principios y valores claros nos hace inmunes a la tentación de saltárnoslos en aras a logar un placer o recompensa inmediata aunque eso pueda dar una patada y reventar en añicos los tan imporantes principios y valores humanos.

No sé si habré conseguido dar unos apuntes sobre lo que considero mis principios (tampoco creo haber inventado nada en realidad) sin haber hecho sentirse mal a alguien. Si es así reitero las disculpas que señalé al inicio.

Esta canción (sí, de Los Chunguitos, magistralmente versionada por Antonio Vega y, en este caso, Manu Chao) cuenta esa idea de lo contradictorio del ser humano en relación a sus principios, o ideas, como reza la letra cuando éstas se cortocircuitan al entrar el corazón en liza.

1 jun. 2017

La temporada que viene va a entrenar su padre

Parece claro que los padres quieren lo mejor para sus hijos/as (en adelante usaré únicamente el masculino aunque siempre me refiero a ambos sexos). Hasta ahí estamos todos de acuerdo. Ahora ¿Qué es lo mejor para los hijos?. Al responder a esa pregunta la cosa se complica. Por alguna razón que no termino de comprender hoy en día a un buen número de padres de niños que juegan a baloncesto, afortunadamente la minoría pero una minoría muy ruidosa, se les va un poco la cabeza en lo que respecta a su papel en esa actividad de su hijo. En algunos casos se trata de lo que se ha denominado “padres helicóptero”, que pasan su vida “sobrevolando” por encima de sus hijos pendientes de todo, hasta un punto de hiperpaternidad que les lleva a puentear el trabajo de los maestros, entrenadores, etc. al no confiar en que ese trabajo pueda ser lo suficientemente bueno para su hijo (“para mi hijo sólo vale lo mejor”) y terminar interfiriendo directamente en esa labor (“si el entrenador no lo hace bien tendré que intervenir yo”).

Este es un tema que como entrenador de baloncesto me preocupa mucho, no sólo porque me pueda afectar más o menos directamente en alguna ocasión, sino también desde el punto de vista de un problema real que puede afectar a mucha gente (entrenadores, jugadores y padres). Por eso, y aunque más abajo ampliaré el tema, ya adelanto que en el Curso Internacional de Alto Rendimiento en Baloncesto, del que soy co-director, este año incluiremos una charla titulada “La gestión de padres y otros elementos del entorno del jugador de baloncesto”, a cargo del psicólogo deportivo Francisco Ortín, orientada precisamente a asesorar a los entrenadores en relación a esta temática.

Decía que ese puenteo que realizan algunos padres, y la pérdida de confianza en la capacidad de la persona en cuyas manos se supone que dejan a sus hijos les convierte a veces en “padres entrenadores”, que con apenas ver unos meses de baloncesto se consideran habilitados no sólo para dar instrucciones al hijo desde la banda (“corre”, “tira”, “pasa”, bueno lo de pasar no lo oigo tanto) sino incluso para cuestionar directa y abiertamente el trabajo del entrenador, sea este un chaval que hizo el curso de Nivel I la semana anterior o sea alguien con 20 años de experiencia y un referente en la profesión.

Hablamos normalmente de padres hiperprotectores, que buscan la felicidad absoluta para los hijos, la ausencia de problemas, de incomodidades, frustraciones y, por supuesto, en ningún caso están dispuestos a verles llorar.

No sé mucho de psicología, pero creo que no hay que ser psicólogo para entender una idea básica: los niños lloran por naturaleza. Lloran porque están aprendiendo a convivir con la frustración, con el dolor, la adversidad. Pretender aislar a los niños de la frustración, el dolor, la adversidad y todo tipo de posibles problemas no evita que lloren, simplemente trasladan a otra dimensión el llanto, a cosas cada vez más pueriles, en una escalada que termina con unos padres tiranizados por un niño que amenaza con llorar si no le conceden el más absurdo y nimio capricho. Es imposible que no lloren o se frustren, pero si se les mete en una burbuja para que no sufran frustración alguna vivirán en un mundo irreal, en el que no se les puede alzar la voz por si eso les humilla, no se les puede castigar por si se traumatizan, no se les puede someter a demasiado esfuerzo físico por si se cansan, al frío por si enferman, al calor por si sudan. Eso… eso está claro que no es razonable ¿no?.

Una paternidad de este tipo, incluso siendo minoría en el colectivo de padres de un equipo, es un factor nocivo de cara al buen discurrir del día a día de un equipo, pues condiciona la libertad y tranquilidad a la hora de trabajar del entrenador e incluso puede ir degenerando con el tiempo en un distorsionador grave de la buena convivencia de todos y de la comodidad del entrenador en su quehacer. Si el entrenador termina por convertirse en “el enemigo”, igual que como ya comentamos anteriormente en “La temporada que viene va a pitar su padre” puede serlo también el árbitro de turno, la situación es muy complicada para todos, pero sobre todo para esos niños que tanto se supone que esos padres quieren proteger y buscarles lo mejor. De ese modo, por buscarles lo mejor estarán perjudicando la calidad del trabajo e incluso el buen ánimo del entrenador, lo que irremediablemente repercutirá en su motivación y estado de ánimo y, por tanto, en el bienestar del hijo al que se le buscaba lo mejor.

El caso es que buena parte de estos padres tóxicos en su mayoría son impecables en algunos aspectos relacionados con la implicación y esfuerzo en aras de colaborar y sacar adelante una actividad que necesita grandes dosis de ayuda por su parte para poder realizarse. En muchos casos suelen ser los que más se implican en lo que sea que haya que realizar para ayudar. El problema, lo que los convierte en tóxicos, llega cuando se extralimitan en su labor y pretenden usurpar la de otros, llegando a menospreciar el trabajo del entrenador.

Si no se ataja a tiempo, y la situación deriva en que otros padres se sumen a la inercia de interferir en el trabajo del entrenador, siempre desde la buena fe y la persecución del noble fin de “lo mejor para mi hijo”, podemos derivar hacia un estado en el que esos pequeños e inocentes comentarios al entrenador sean muy dañinos. Al final del texto incluyo unos cuantos ejemplos de ese tipo de comentarios, todos ellos reales, todos ellos insignificantes de forma aislada, pero cuya acumulación, con el tiempo perfectamente pueden terminar degenerando poco menos que en una campaña de acoso al entrenador, que bien podría terminar quemándose y tirar la toalla a la voz de “la temporada que viene va a entrenar su padre”.

Así, algunos padres supuestamente bienintencionados, obsesionados con lograr lo mejor para sus hijos, terminan perjudicándoles de forma muy directa a través de la interacción con el entrenador. Son los menos, y casi siempre llevados por el impulso de búsqueda del mundo ideal para sus hijos.

Los más de los padres son invisibles e impecables, arriman el hombro silenciosamente y cooperan en todos los aspectos necesarios para que todo vaya bien, algo que es importante dejar bien claro en estas líneas.

Es necesario hablar también de la educación que algunos de esos padres dan a los hijos en casa, pues en algunos casos es complicado hacerla coincidir con valores del deporte como el valor del esfuerzo, compañerismo, respeto, compromiso, etc. El deporte ayuda a educar a través de los valores que representa, pero a veces es complicado para el entrenador ayudar a transmitir unos valores que no es que no siempre vengan ya de casa más o menos implantados, sino que a veces éstos son incluso contrarios a los que se intenta transmitir con el deporte. El entrenador puede y debe pulir y potenciar los valores de la educación de los niños, pero no puede hacer él solo un trabajo que no se haga en casa.

Imagínese el lector cuál puede ser el pensamiento del entrenador en un contexto en el que ante un supuesto mal comportamiento en cuestiones extradeportivas de un niño un progenitor aparece al final del entrenamiento y dice durante la conversación y en tono poco amistoso las frases: “mi hijo no miente nunca y él no dice eso que tú le atribuyes”, “mi hijo no ha hecho nada malo”, “yo por mi hijo mato”, entre otras cosas por el estilo. Sí, se ponen los pelos de punta sólo de pensarlo y sí, si llueve sobre mojado no es descabellado que se le pase por la cabeza al entrenador eso de “la próxima temporada va a entrenar su padre”.

Los clubes han de poner de su parte. Ningún club quiere perder jugadores a través de incomodar a los padres de éstos. Hoy ya ocurre que en algunos clubes directa y abiertamente las cuestiones deportivas las deciden los padres, en otros casos no es expreso, pero ocurre el caso de la reunión de los padres para decidir echar al entrenador por cuestiones técnicas puras y, ojo, que la directiva les haga caso y todo. En otros casos son más sutiles pero igual de poderosa la presión del tipo “no me gusta el entrenador y me han ofrecido llevarme a mi hijo al club X”. Tengo claro que los padres son elemento fundamentalísimo para que los clubes salgan adelante, pero si no está claro que la parcela técnica se llama “técnica” por algo vamos mal.

Más complicado aún es el trema del modo como se produce el trato al joven deportista, pues ahí sí que parece imposible que un padre acepte sin peros algo tan relacionado con lo personal y la educación. Muchas veces el problema viene por la intensidad o forma con la que el entrenador de turno corrige o regaña al niño como método de trabajo. Entiendo que los niños son niños, y no jóvenes deportistas profesionales, y no se puede pasar ciertos límites, pero quizá un padre también debería entender que si un niño no acepta una indicación/corrección/castigo para el entrenador no puede ser opción el mirar para otro lado y dejarle hacer lo que le dé la gana al chaval.

Posibles soluciones

Tema complicado, pues lo que pasa en los pabellones no es más que una extensión de lo que está pasando con los maestros y resto de figuras antes conocidas como “de autoridad”, y difícilmente podremos lograr soluciones sólo para nuestro ámbito deportivo si no se soluciona a nivel global, pues es una cuestión básicamente de educación y respeto en general
.
Es fundamental que los padres que están hiperinvolucrados en la práctica deportiva de sus hijos y puedan estar en situaciones cercanas a las aquí comentadas sean capaces de verse reflejados en este texto y se conciencien de que, piensen lo que piensen, un exceso de injerencia por su parte casi seguro que terminará por perjudicar al hijo que tanto quieren.

Los clubes han de tomar cartas en el asunto. Creo que es tan fácil como que a principios de cada temporada haya reuniones en las que se delimite muy claramente el ámbito y límites de cada cual, en la línea:

  • Cuando el niño pasa la puerta del pabellón deja de ser tu hijo y pasa a ser “nuestro” hasta que vuelva a salir.
  • Sólo hay un cuerpo técnico. La parte deportiva atañe a ellos únicamente… y es absolutamente incuestionable.
  • Los padres pueden involucrarse de forma expresa… en labores de intendencia, logística, administración, gestión, etc. Hacen falta muchas manos para sacar un club adelante. Excepcionalmente pueden hacerlo deportivamente, pero de forma expresa, reglada, con formación deportiva expresa y siempre, siempre en un grupo diferente al de su hijo, pues partimos de la casi imposibilidad de un padre para ser objetivo respecto de su hijo, y lo que tratamos de solucionar es no tanto esa visión subjetiva, que es muy complicado, como que eso no se convierta en un problema.
  • Si pese a todo durante la temporada se genera una situación de conflicto en torno a un entrenador y el club ha de intervenir deberá hacerlo siempre apoyando al entrenador… incluso si no tuviera razón (salvo caso obvio y manifiesto de mal trato sistemático del entrenador a los niños). El motivo es muy sencillo: si tras generarse el conflicto el club acepta lo que digan los padres se les estará dando, de facto, un poder que, en mi opinión, no deberían tener pues no están cualificados para evaluar el trabajo del entrenador. De hecho, normalmente cuanta más cualificación real tiene un padre menos se mete en el trabajo del entrenador. Pienso en el caso de Pepu Hernández, protagonista de una anécdota al tener que saltar él a la pista por enfermedad del entrenador de sus hijas, quien salvo ese día por causa de fuerza mayor jamás habría hecho un comentario sobre el entrenador de sus hijas, siendo precisamente él, campeón del mundo, alguien en principio cualificado para poder meter baza ahí si lo considerara oportuno. 

¿Y qué hacemos los entrenadores? 

Pues algo de autocrítica habrá que hacer también (al respecto no descarto escribir una secuela titulada “la temporada que viene va a jugar su padre”). Algunos entrenadores a veces pueden/podemos ser algo excesivos en las formas de dirigirnos y tratar a los niños y se nos olvida precisamente que son niños, y no jugadores profesionales más bajitos. Tendremos que valorar hasta qué punto somos colaborativos a la hora de tender puentes o de dejar que los tiendan y hasta qué punto nuestro planteamiento es el correcto, pues en el ámbito del entrenamiento se pueden tener muchos enfoques diferentes, todos correctos si son los adecuados al contexto. Me explico. Creo que, más allá de lo estrictamente técnico, no se puede entrenar exactamente igual en función de la edad y de la capacidad deportiva de un grupo, e incluso de los objetivos propuestos, pudiendo ser correcto tanto el rol de, en un extremo, el “entrenador de guardería” (diversión pura y dura sin altas pretensiones deportivas en un grupo deportivo digamos “de bajo talento” o proyección deportiva) al otro extremo, del rol o perfil “entrenador sargento de hierro” (máxima exigencia en todos los aspectos, del físico al técnico, en un grupo con alto talento y potencial deportivo). Si no es adecuado el perfil o rol del entrenador al grupo en cuestión es posible que el conflicto esté servido ya en los primeros días. Doy por sentado que, en muchos casos, un mismo entrenador puede asumir diferentes de esos roles en función del grupo que entrene, claro. En este caso el que todo el mundo (padres, directiva y entrenador) tengan claro en qué contexto se está será determinante. Otra fuente de problemas puede ser el cambio de rol respecto de un mismo grupo, que por ejemplo teniendo un buen potencial deportivo haya estado entrenado varios años por un “entrenador de guardería” y en un momento dado se les asigne un “entrenador sargento de hierro” a cuyo perfil no están acostumbrados ni jugadores ni padres; o viceversa, u otras varias combinaciones.

Quizá el principal dilema es decidir si, partiendo de aceptar como real la situación de hiperinvolucración paterna, se debe tratar de impedirla, limitarla o aceptarla, pues en función de ese punto de vista habrá que actuar de un modo u otro.

No tengo claro que yo sea un buen gestor de ese problema, por eso creí interesante utilizar mi inquietud al respecto como entrenador y pensar que muy probablemente serán muchos los entrenadores con la misma inquietud. Por eso el asesoramiento de un experto como el psicólogo deportivo Francisco Ortín pueda ser un buen primer paso. Ortín impartirá una charla titulada “La gestión de padres y otros elementos del entorno del jugador de baloncesto” el próximo día 14 de julio en la Facultad de Ciencias del Deporte dentro del Curso Internacional de Alto Rendimiento en Baloncesto, que forma parte de los cursos de verano de la Universidad Internacional del Mar de la Universidad de Murcia. Espero que Ortín, experto en psicología deportiva, nos aporte ideas para la mejor gestión de este problema.

Dejamos para una próxima entrada una reflexión crítica hacia nosotros mismos, los entrenadores, y nuestra parte de culpa en que algunas de estas cosas no funcionen y en muchos casos la ratio de abandono sea más alta de lo debido.

No sé si el futuro lo que depara es el único camino de tener que adaptarse a esa hiperinvolucración paterna y que el perfil de entrenador tenga que reconducirse sí o sí al entrenador “psicólogo”, buen rollista, o de guardería. Tal vez el perfil “sargento de hierro” está condenado a la absoluta desaparición, o simplemente quedará relegado a la más alta élite donde el interés por lo que se tiene entre manos (una selección nacional o un megatítulo) haga aceptar que se le “apriete” a los niños lo que en otro ámbito no se aceptaría. En cualquier caso, me temo que sean muchos los entrenadores que en los últimos años sienten muy mermada su capacidad de maniobra a la hora de entrenar jóvenes deportistas y se puedan estar planteando que la temporada que viene va a entrenar su padre.

Ejemplos de frases y situaciones absolutamente reales:

- Los quintetos que hace, flojeamos cuando saca a...
- No jugáis a nada, os creéis el Madrid venga correr, pero así no váis a ningún lado
- Mi hijo no ha hecho nada malo
- Eso no es acoso, son sólo cosas de niños
- ¿Quién eres tú para humillar a mi hijo gritándole desde la otra punta de la pista que no defiende nada?
- A mí hija la sienta o le echa la bronca cuando falla y la otra falla mil y no pasa nada. Pues que juegue esa sola
- Mi hijo nunca miente
- ¿Cómo es posible que haya jugado tan poco mi hija si era la que mejor porcentaje anotador llevaba ese día?
- ¿Qué tiene que hacer mi hijo para jugar más?
- Para lo que juega para qué nos vamos a pegar el madrugón
- El hijo del directivo siempre juega más
- “No es para tanto lo que ha dicho mi hija (palabrota). Tú no la entiendes”
- Si no hay disponibles suficientes jugadores para cumplir acta que avisen y no nos pegamos el viaje para perder.
- El chaval ha decidido que prefiere entrenar esta semana con el infantil en lugar de con el alevín aprovechando que no hay partido, y yo le he dado permiso
- Si mi hijo juega esta mañana con el cadete y tiene que jugar esta tarde con el junior si no tiene equipación que sepas que no juega con la equipación mojada.
- Si se meten con fulanico es culpa tuya por protegerlo
- Si esta tarde hace mucho frío mi hijo no irá a hacer la primera parte del entrenamiento (físico) y ya irá directamente a la segunda
- Tienes que entrenar en media pista (un padre, ojo) porque los peques que están afuera no pueden entrenar con tanto frío y deben meterse en el pabellón (ojo, 13 grados y sin viento).
- No entiendo cómo mi hija que viene a entrenar siempre juega menos que las que suben del cadete.
- Ya te avisé de que llegaría tarde, ¿quién eres tú para castigar a mi hijo con empezar el entrenamiento haciendo líneas?
- No sé cómo el entrenador deja que tire los tiros libres ése, que no mete una
- Jugador que juega mucho normalmente, un día en último cuarto no juega porque los otros están jugando muy bien. “Si llego a saber que castigas a mi hijo no hubiera venido porque tenía otras cosas que hacer y que además le has fastidiado la alegría de la victoria”
- En mitad de un tiempo muerto asoma la cabeza y “A fulanico niégale la derecha que no sabe botar nada de nada con la izquierda”
- Si no se echa al entrenador me llevo a mi hija al club X
- Hay que echar al entrenador porque los críos no evolucionan, en el equipo de escolares se salen los tres de este equipo, pero luego aquí… nada.

O directamente de los jugadores/as:

- Entrenador, ciérrame la mochila
- Ante pequeño castigo grupal por cuestiones de higiene básica de instalación (dejar mierda, vamos): “Yo no pienso hacerlo porque yo no ensucié”. “Uno no, voy a hacer dos, vas listo”. “Dijiste que recogiéramos las botellas, no dijiste nada del resto”
- Yo no he hecho nada malo, a mi padre vas.
- Si tengo que esforzarme siempre al 100% no me vale la pena jugar a baloncesto

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