15/7/2010

Randy Owens cambió mi vida

Yo iba para portero de fútbol. Bueno, no, en realidad no iba para nada porque era muy malo. El caso es que soy de pueblo o, mejor dicho, de la huerta profunda de Murcia, donde el basket prácticamente no se conocía cuando yo era un chaval. Decía que jugaba yo de portero de fútbol en el equipo del pueblo hasta que un buen día ví en el periódico, o me contó un amigo, ya no recuerdo, que había un tío, un jugador negro, algo rarísimo en Murcia en aquella época, en el equipo de baloncesto que acababan de sacar en Murcia, el Juver, que metía los puntos como churros. Que si 50, que si 55, una barbaridad. Picado con eso decidí acercarme al siguiente partido para ver qué tales maravillas hacía el jugador en cuestión.

La experiencia fue traumática. Traumática en el sentido de que me sentí mal, porque de inmediato me dije “y qué puñetas hago yo jugando al fútbol si esto del baloncesto es maravilloso”. Esa misma semana me compré un balón de baloncesto y me dediqué a tratar de aprender los rudimentos técnicos de este juego practicando yo sólo en el colegio del pueblo, al tiempo que trataba de captar adeptos para la causa del baloncesto en el pueblo y así poder juntarnos unos cuantos a jugar. No fue fácil conseguirlo en plena huerta y teniendo que compartir pista con los futboleros quienes, por alguna razón, insistían en el argumento de que si había conflicto de intereses a la hora de utilizar la única pista disponible tenían preferencia los futboleros.

El año siguiente me hice abonado desde el primer día. Los recuerdos son confusos, pero aún recuerdo del tirón la fortaleza de Mike Williams (y su loca cabeza), un jovencísimo y entonces bigotudo entrenador que resultó ser Felipe Coello, jugadores locales como Joaquín Bujeque o el entonces junior ‘Indio’ Serrano (el canalla aún se conserva bien y hasta tiene buen cambio de velocidad, como comprobamos este año en la liga de veteranos), la garra de Javier García, el peligro (para su equipo) de Juanito Ruiz, el manejo de balón de Aparisi o el buen trabajo de escolta de Chema Salgado.

El caso es que como yo lo que quería era intentar jugar al baloncesto tuve que buscarme la vida para intentar aprender algo. No fue fácil aprender técnica individual uno sólo, no digo ya nada de la táctica. Pero me fue mucho más difícil aún encontrar un modo de conseguir aprender más allá del modo autodidacta. Un buen día encontré un cartel que anunciaba un curso de Monitor de Baloncesto (lo que ahora sería iniciación) y me apunté sin dudarlo. Por entonces no aspiraba a ser entrenador, simplemente quería aprender todo lo que pudiera de ese maravilloso deporte que me acababa de enganchar.

Pese a lo mucho que aprendí en ese curso y en el de Entrenador de Baloncesto que hice un año más tarde, ambos en Molina de Segura, seguía teniendo problemas para mejorar como jugador, toda vez que yo empezaba a ser algo mayor para iniciarme en el baloncesto, era (y soy) bajito a más no poder, con lo que los buscadores de talentos nunca se fijaron en mí, no sólo porque no tenía condiciones, sino porque en la pista donde yo intentaba practicar baloncesto nunca jamás se vio algo parecido a un buscador de talentos.

Yo solito tuve que intentar rectificar mis muchos defectos técnicos, como la mecánica de tiro, pues por aquel entonces sacaba el balón poco más arriba del estómago, algo parecido a lo que hacía Pablo Laso, un jugador en el que me fijaba mucho, seguramente por eso de que era casi tan bajito como yo. Lo malo es que le copié básicamente sus pocos defectos, como esa horrible mecánica de tiro. A base de buscarme la vida yo sólo algo mejoré, no obstante, siquiera fuera para ejecutar los gestos técnicos básicos de un modo más o menos ortodoxo aunque no siempre efectivo.

Aún jugaba al fútbol por entonces, aunque a escondidas practicaba el baloncesto. Sí, a escondidas, porque eso de que uno practicara otro deporte lo llevaban muy mal los entrenadores futboleros de entonces. De hecho tuve mi momento de gloria futbolera justo antes de dejármelo. Yo era el portero (más bien reserva) de los juveniles y por temas de lesiones de la noche a la mañana me encontré como único portero del equipo senior, que por entonces pagaba a sus jugadores y todo, y eso que se trataba de primera regional (o regional preferente, no recuerdo bien). Un mes, cuatro partidos, estuve jugando como portero de un equipo senior y cobrando por ello. El caso es que una vez contratado un portero de verdad yo volví a mi rol secundario, pero seguía entrenando con el senior hasta que surgió la incompatibilidad con el baloncesto.

Una noche coincidía el entreno con el senior de fútbol con un partido del Juver de Randy Owens y cía. Avisé al entrenador de que tendría que irme un rato antes porque iba a ir a un partido “¿… de baloncesto? ¿has dicho de baloncesto?. Ni de coña, tienes entrenamiento y no te vas hasta que no termine el entrenamiento. Vamos, si te vas no vuelvas”. Vale, dije. Así que cuando llegó la hora del partido me salí de la portería, me dirigí al entrenador y le dije que me iba, a lo que me replicó recordándome la frase que me había dicho antes “si te vas no vuelvas”. Yo, todo teatral, me despojé lentamente de los guantes de portero (que eran del club) los deposité en las manos del entrenador, y le dije “Me voy. Adiós”. Y me fui sin mirar atrás para nunca más volver a jugar al fútbol (bueno, hasta una pachanga con la gente del basket esta navidad).

Descubrí que existían las escuelas municipales de baloncesto y allí me planté en cuanto se abrió un nuevo plazo de matrículas. Con mis ya 17 años y mi físico nada más verme el encargado de hacer los grupos tuvo claro que a mí me metía en el grupo de los malos. Pese a todo me hizo las pruebas, cosa que creo que hice bien, siempre teniendo en cuenta la ortodoxia en los gestos técnicos que tanto había trabajado para mejorar. Que si colocarme en posición de triple amenaza al recibir, la extensión de brazos y dedos al pasar, marcar bien los pasos y la mano al penetrar, tirar sacando el balón desde arriba (ahora sí) y sin sacar el codo (y meterla incluso). Vamos, me quedé pensando que lo había hecho todo perfecto. Sin embargo, a los pocos minutos del primer día comprobé que estaba con el grupo de los malos. Lo peor es que el monitor que nos tocó tampoco estaba en ese grupo por casualidad, porque era malo de solemnidad. Y si no era malo, al menos pasaba de nosotros una barbaridad. Calentar (poco) y pachanga. Para eso no necesitaba yo pagar por ir a una escuela de baloncesto. Qué rabia me dio toparme con semejante inútil que pasaba olímpicamente de los chavales.

El caso es que me encontré con los cursos de entrenador y sin equipo con el que jugar ni entrenar. Como no era yo muy vivo por entonces tampoco supe moverme y ofrecerme como entrenador para ir haciendo mis pinitos ¿dónde estaban físicamente los equipos?. El caso es que durante meses, años incluso, me veía los partidos grabados y con una libreta, dándole para atrás y para adelante al video, anotando jugadas e ideas que luego nunca conseguía llevar a la práctica por no tener equipo. Con el tiempo dejé de anotar jugadas en la libreta y cada vez repetía menos jugadas, aunque el puñetero gusanillo siempre estuvo ahí.

Cada año, cada pretemporada del CB Murcia me acercaba a ver entrenar al equipo cada vez que podía aprovechando las vacaciones para conocer las novedades en la plantilla y aprender lo que pudiera de cómo se hacía eso de entrenar. Hace unos años, por primera vez en 25 años, me encontré con que ni eso podía hacer. Una tarde que estaba viendo entrenar a mi CB Murcia de siempre Manolo Hussein me mandó echar del Palacio de Deportes. Eso me dolió un montón, y confieso que en algo influyó en mi opinión sobre el técnico canario en adelante, pero creo que me abrió las puertas a intentar sacarme la espinita que tenía clavada tantos años, ya que ni eso de ver entrenar a mi equipo me quedaba ya.

El periodismo deportivo no hacía sino abrirme más la herida. El hacer el seguimiento periodístico del CB Murcia no servía más que para que cada vez me fuera más insuficiente el verlo todo tan de la barrera y que sintiera que la dichosa espinita me estaba punzando ya hasta el hígado.

El asistir a cuanto clínic me topaba algo me ayudaba, pero no era suficiente.

Decidí ofrecerme donde quiera que me pudieran querer como meritorio y la casualidad, la tecnología e Internet me hicieron toparme con Julio Soler, quien estuvo encantado de aceptarme como ayudante para Capuchinos. Después de una temporada que he vivido con la gente de Capuchinos me temo que el gusanillo del basket me ha mordido e inoculado en vena el veneno del baloncesto. Esto ya no hay quien lo cure. En Capuchinos he podido encontrar este año un gran número de personas, desde entrenadores, jugadores, jugadoras e incluso padres, que me han hecho sentir como en familia, algo que no pasa muy fácilmente en esta vida.

Y aquí me tienen, preparando la maleta para dentro de unas horas irme a San Sebastián a hacer el Curso de Entrenador Superior. Les tendré informados desde esta bitácora del día a día del curso.

1 comentario:

josea dijo...

Mis comienzos fueron parecidos a los tuyos, aunque yo me he quedado en padre acomodado de dos chicos que practican este deporte, a los que llevo en coche por toda la geografía regional. En los años setenta los únicos partidos de baloncesto que daban por la tele eran los de Copa de Europa del Real Madrid, y en mi pueblo no había una sola canasta, y lo más parecido a un aro era el zafero de mi abuela. No fue hasta el instituto (SANJE) cuando pude practicar baloncesto, pero en unas condiciones pésimas, pues como tú dices, la pista de cemento era patrimonio casi exclusivo de los futboleros, por lo que las pachangas las jugábamos en una canasta en campo de tierra dura, con lo que el bote -entonces sólo botaban con la izquierda los zurdos- era de pena, y lo que hacíamos era tirar y tirar.

La primera vez que vi baloncesto ACB en Murcia fue allá por el 86, en un cuadrangular en el que participaron el CAI de los hermanos Arcega y el físicamente impresionante Chuck Aleksinas, el Juver Español de Herminio San Epifanio, el Forum de Salvo y Puente, y un combinado americano que ganó el campeonato, llamado algo así como San Marino Larios All Star. Desde entonces muchos partidos por la tele, algunos del CB Murcia en la capi, todos los del trístemente desaparecido equipo EBA de mi pueblo, donde te he visto en alguna ocasión, y por supuesto, todos los de mis hijos.